Carta abierta a la prensa de un grupo de traductores literarios reunidos en torno a la lista de discusión "Biblit".
Reclamamos más respeto y un reconocimiento de la figura, tan a menudo olvidada del traductor, "el último y auténtico caballero andante de la literatura", según la definición épica de Fruttero & Lucentini.

 Caballeros andantes de la literatura
Versión española: Liliana Piastra y Juan Vivanco

«El problema de traducir es en realidad el problema mismo de escribir y el traductor se halla en su centro, quizás aún más que el autor. Se le pide [...] no que domine una lengua, sino todo lo que hay detrás de esa lengua es decir, toda una cultura, todo un mundo, toda una forma de ver el mundo [...] Se le pide que lleve a cabo esa operación, ímproba y pese a todo apasionada, sin hacerse notar. [...] Se le pide que considere como su máximo triunfo el que el lector ni siquiera se fije en él [...] un asceta, un héroe
esencialmente desinteresado, dispuesto a darse por entero a cambio de un mendrugo de pan y a desaparecer en el crepúsculo, anónimo y sublime, cuando la gesta épica se ha cumplido. El traductor es el último y auténtico caballero andante de la literatura». (Fruttero&Lucentini, I ferri del mestiere, Einaudi, Turín 2003).
Nosotros somos los caballeros andantes: de lo sublime no queremos hablar, pero el anonimato lo conocemos bien. No reivindicamos heroísmos y el crepúsculo sirve de fondo a todos nuestros días, pero estamos cansados de que se nos trague en cada gesta. Tenemos nombres y apellidos, tras los cuales conviven la pasión por un trabajo que se nutre de silencio, pero también una amarga dosis de frustración, porque el mundo en el que creemos vivir con pleno derecho, el mundo de las palabras, de la literatura, del ensayo, con demasiada frecuencia ni se fija ni se acuerda de nosotros.
Es cierto que nuestros editores escriben nuestros nombres en la primera página, algún valiente incluso en la cubierta; están obligados a mencionarnos por una ley que protege las elaboraciones creativas de una obra, «como las traducciones en otra lengua», y, por lo tanto, equipara en cuanto a derechos la dignidad artística del traductor con la del autor. Pero son pocas las voces honrosas de los críticos que reconocen en toda su dignidad la figura del traductor y poco más numerosos los redactores de las páginas culturales de diarios y revistas que se preocupan de reflejar su nombre junto a los demás datos.
La propia ley afirma que los resúmenes, citas o reproducciones de una obra de ingenio han de ir «siempre acompañados de la mención del título de la obra, de los nombres del autor, del editor y, cuando se trate de una traducción, del traductor», pero el hábito consolidado es copiar trozos de una obra traducida en cualquier texto o leerlos en cualquier programa sin citar jamás a la persona que nos ha brindado dicha obra en nuestra propia lengua.
A la luz de esta constatación, deprimente y diaria, nos parece justo dirigirnos al gran público para intentar salir de ese eterno crepúsculo que, por las características de nuestra actividad, nos es propio, pero no agota la verdad de nuestro trabajo. Es importante que sigamos siendo discretos, pero no queremos ser invisibles.
Al leer la versión traducida de un libro que no se pensó en su lengua, puede que el lector ordinario no caiga en la cuenta de que alguien tiene que haber dedicado varios meses de su vida a traducir esas páginas. Pero con la «gente del oficio», con los críticos, los que hacen las reseñas, los redactores de las páginas culturales, los periodistas, los presentadores de programas en los que por cualquier razón se hable de libros, no podemos ser tan indulgentes.
Nosotros también estamos aquí, somos parte del proceso que da vida a objetos importantes: los libros. Los libros del llanto y de la risa, del amor y del dolor, del conocimiento y de la evasión, los libros que de mil maneras llegan a la mente y al corazón de las personas también se deben a nosotros. Deseamos que nuestro nombre conste y lo confirme, que nuestra obra no se silencie.
El crítico que se prodiga en elogios del estilo, del léxico, de las acrobacias lingüísticas de un autor, si ha leído el libro en su versión original, debería sentirse obligado a comentar la versión traducida y, si sólo ha leído la versión traducida, debería recordar que ha leído las palabras, las frases y el ritmo escogidos por el traductor. Pedimos un reconocimiento justo, igual que estamos dispuestos a aceptar cualquier crítica competente y motivada.
Somos caballeros andantes y no tenemos miedo.

Para ver el listado de los firmantes, hay que remitirse a la versión italiana